martes, 20 de noviembre de 2012

Violencia en el fútbol ecuatoriano.





A raíz de los hechos funestos desarrollados hace un par de semanas en la ciudad de Guayaquil, donde un hincha del club de fútbol “Barcelona”, fue asesinado, en circunstancias aún no esclarecidas, los medios y las autoridades tanto públicas como aquellas que dirigen el fútbol profesional ecuatoriano han empezado con las típicos rasgamientos de vestiduras a clamar que en esta ocasión: “no habrá perdón ni olvido”.

Como tratando de encontrar un responsable lo más pronto posible, para encubrir irresponsabilidades propias, medios y autoridades, le han arrojado la culpa a la barbarie y estolidez de las llamadas “barras bravas”; fenómeno brutal que hasta hace 30 o 35 años era prácticamente desconocido en el Ecuador. En aquel entonces, si bien los equipos de fútbol tenían sus hinchadas, éstas, no se constituían en bandas organizadas o pandillas delictivas, sino que, apenas, se trataban de grupos de amigos que se reunían para alentar al equipo de sus amores; en ese ambiente de relativa paz, en excepcionales ocasiones, algunos hinchas fruto de la pasión o motivados por los tragos, terminaban peleándose con sus similares opuestos, pero, aquellas lides no pasaban de simples encontronazos baladíes.

Pero, las cosas empezaron a cambiar a finales de los años 80 del siglo XX. Al respecto recuerdo las declaraciones de un locutor futbolero famoso por su vulgaridad y sus excentricidades pomposas; resulta que en un foro, una persona, cuestionaba la forma en que ciertos dirigentes de un popular equipo de fútbol de la costa motivaban a sus hinchas; esta persona denunciaba que dichos dirigentes habían traído patoteros extranjeros, principalmente de la Argentina, vinculados con las “barras bravas” de los equipos más populares de aquel país austral, para “entrenar” a las barras locales. Luego que esa persona terminó su declaración, saltó como energúmeno enfurecido el mencionado locutor, y vociferó más o menos lo siguiente: “¡y cuál es el problema, si aquí no saben ni gritar ni apoyar a sus equipos, cuál es el problema que se traiga gente del exterior a enseñarnos como se debe alentar a los equipos!”.
  
En otra oportunidad le escuché a un directivo que llegó a comandar la Federación Ecuatoriana de Fútbol decir que, aquel deporte era una verdadera válvula de escape, al que, la masa popular recurría para descargar todo su infortunio; es decir, según aquel dirigente, famoso por sus exabruptos, liviandades y torpezas, los hinchas que asistían a los estadios de fútbol eran personas amargadas, acomplejadas, frustradas, verdaderos sacos de prejuicios que utilizaban como excusa al fútbol para descargar su ira frustrada, su furia impotente y las bajas pasiones acumuladas durante la semana.

Las declaraciones destartaladas y chapuceras tanto del falso periodista deportivo, como del polémico dirigente futbolero, nos sirven para identificar a dos de los responsables directos de la violencia en los estadios: la prensa deportiva y los directivos tanto de los equipos profesionales como de la Federación Ecuatoriana de Fútbol.

Seguramente usted amigo lector habrá escuchado de boca de los locutorcillos, las abusivas arengas a través de las cuales los cronistas pretenden obligar a las personas que asisten al espectáculo futbolero, a cantar los repetitivos e incoherentes himnos de alabanza y apoyo al equipo con el cual se sienten identificados. Con el cuento de que hay que motivar a los futbolistas, locutores y comentaristas, sugieren, inducen, presionan, en ocasiones alevosamente, a la muchedumbre para que griten a favor de determinado equipo. El abuso de varios locutores se manifiesta con mayor intensidad en los partidos que juega la selección. De ahí que más de un zoquete de esos que fungen de periodistas, cuando la selección no obtiene resultados positivos, tiene el descaro de culpar a la hinchada por no haber gritado lo suficiente. En mi opinión, la gente que asiste a ver un partido de fútbol, y que paga un boleto, puede gritar a favor de su equipo, pero también tiene el derecho de mirar el partido en silencio, si esa es su voluntad, y ningún gacetillero miserable tiene por qué criticar aquella decisión. El hincha ya cumplió pagando su boleto. Las personas van a ver un espectáculo deportivo, no van a desgañitarse coreando expresiones que encubren adoraciones irascibles e ignaras.

Luego están los modelos disparatados que se pretenden importar de otros lares. El ejemplo de la selección uruguaya y la fijación enfermiza que ciertos locutores ecuatorianos tienen con aquella divisa es un muy expresivo. Como es de conocimiento de quienes conocen algo de futbol, la selección uruguaya tiene un historial futbolístico bastante dilatado. Ese historial se basa en aspectos positivos, pero también, en aspectos poco elegantes y nada recomendables. Ciertamente que el fútbol uruguayo ha tenido jugadores con mucho talento, de los mejores del mundo, pero, el fútbol uruguayo también se caracteriza por sus sistemas defensivos extremadamente rudos, bruscos y en ocasiones descaradamente mal intencionados. Tal es, la mala reputación que el futbol uruguayo ha llegado a tener que, en el mundial de México 1986, luego de un partido salvaje contra Dinamarca, se los llegó catalogar como verdaderos “carniceros”. Pues bien, esas tácticas belicosas, esa estratagema grotesca de recurrir al insulto racista, esa forma violenta de destruir al adversario a punta de patadas descalificadores y golpes encubiertos, todo ese conjunto de mañas grotescas y juego sucio que se ha llegado a conocer como “garra charrúa”, es idolatrada por muchos locutores, comentaristas y gacetilleros ecuatorianos.

A niveles tan asquerosos han llegado ciertos comentaristas que incluso una falta cometida por un jugador para evitar la consecución de un gol es plenamente justificada con el cuento de que fue una “falta táctica”. Ciertamente que el futbol es un deporte de choque, de enfrentamiento, de fricción, un escenario donde fluyen pasiones; somos seres humanos, e imbuidos por deseos, obsesiones, intenciones, anhelos y objetivos, podemos ir más allá de donde la prudencia recomienda; aquello sucede en un partido de fútbol, por eso existe un árbitro que dirime, que decide, que imparte justicia. Las faltas son violaciones a la reglas del juego y no pueden ser justificables con el cuento de la “falta técnica o táctica”. Las faltas, por la naturaleza misma del juego, se dan, suceden, pero no pueden ser elevadas a la categoría de “estrategia”, porque entonces premiemos a los jugadores que más goles evitan recurriendo a la “falta táctica”. Los comentaristas, locutores o periodistas deportivos deben entender que cuando relatan un partido de fútbol están cumpliendo tareas de comunicadores sociales, por lo mismo tienen la obligación de ser independientes, objetivos y justos.

Los medios de comunicación con el objeto de sacar más dinero de la promoción de los espectáculos deportivos han contribuido, creando un ambiente propicio para la violencia a través de eslóganes violentos en los que simples partidos de fútbol  son promocionados como “batallas” y “guerras”, meros futbolistas como “guerreros” y “fieros vikingos”, y a equipos de futbol como “falanges”. El fútbol, en aras del simple y común negocio, ha sido desnaturalizado y corrompido a propósito, pues, gracias a la creación de nuevos “circos romanos” se puede conseguir más dinero, y adicionalmente, manipular a las enormes masas que confluyen a esos coliseos, a través de la engañosa publicidad.

En el caso de los directivos está por demás claro que a la mayoría le importa mucho más, recaudar la mayor cantidad de dinero posible, antes que, el espectáculo mismo, o la seguridad de las personas e hinchas que asisten a mirar los partidos de fútbol. Si los directivos estuviesen interesados en frenar la violencia empezarían por crear condiciones de seguridad en los propios estadios, por ejemplo prohibiendo la entrada a todos aquellos sujetos violentos que pública y escandalosamente hacen gala de su fanatismo dentro y fuera del estadio.

Como no va a haber violencia en los estadios o entre las fanáticas hinchadas si los equipos de fútbol son dirigidos por personajes vinculados con el sector corrompido de la política nacional. Si está demostrado que todo lo que toca el patriótico politiquero lo corrompe o lo violenta, es obvio que, nada bueno va a salir de la unión entre el deporte y la mafia política. El fútbol desde siempre, como fenómeno de masas, ha sido principal objetivo de los grupos políticos. Todos los políticos mafiosos se disputan las hinchadas de los diferentes equipos de fútbol. No hay ocasión en que el demagogo mencione al “equipo de sus amores”, generalmente uno de los más populares, pues, de poco les sirve a sus ambiciosas intensiones proclamar sus simpatías por un equipo pequeño con reducida hinchada.

Ciertamente que la condición humana – índole brutal, ciega, indolente, tan característica en los miembros de aquellas verdaderas pandillas más conocidas como “barras bravas”, -  es un factor a enfrentar si se quiere frenar la violencia entre los miembros de las diferentes hinchadas; pero, nada se conseguirá mientras se sigan imponiendo: los clichés ignorantones de ciertos locutorcillos deportivos, los intereses económicos de las corporaciones y de los medios, y los intereses venales de los dizque sacrificados políticos disfrazados de dirigentes deportivos.

El asunto, aún, se vuelve más complicado cuando notamos que la idiosincrasia ecuatoriana es proclive a manifestaciones de ira sinsentido o a tolerar e incluso aceptar manipulaciones descaradas y nocivas.
Ya los “dueños de la verdad” han sentenciado que los únicos culpables de la violencia y demás delitos que se cometen en torno a la pasión futbolera son una  reducida masa de fanáticos futboleros; pero, las evidencias demuestran que en dicha sentencia no están todos los que son, ni son todos los que están.

La pasión futbolera genera dinero, pero también, graves daños colaterales, que los beneficiarios de las enormes ganancias están dispuestos a tolerar. Tomar decisiones que frenen la violencia implica un giro radical en las costumbres y conductas de la masa, y eso puede ser muy peligroso para el negocio.

Seguramente las autoridades públicas nos dirán que “se investigará hasta las últimas consecuencias para dar con los autores de la violencia y los crímenes”; en otras palabras, todo seguirá igual; y de esa manera se seguirá violentando lo agradable de un deporte, así como el derecho de las personas a convivir en ambientes de tranquilidad.
  

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