jueves, 6 de diciembre de 2012

Sobre bueyes, burros y la navidad.


Y por fin llegó la navidad. Para bien de los negocios y para desgracia de los indigentes y deprimidos, pues, si hay una época del año donde se destaca la fatua vanidad humana y las injusticias sociales, es precisamente durante la comercial y religiosa fiesta de la Natividad del “melenudo de Nazaret”.

Recuerdo cuando vivía en la casi intersección de las calles Olmedo y Velasco, hace treinta y cinco años, meses más meses menos,  Don Manuel, mi papá, durante estas épocas, solía entretenerse edificando el tradicional “belén”, herencia de su triste pasado católico. Debo haber tenido seis o siete años. Como olvidar la disposición de aquel pintoresco “nacimiento”. Inevitablemente viene a mi pensamiento la inmunda cantina que funcionaba donde actualmente se encuentra el Banco del Pacífico, por cierto, una cuadra al norte de donde yo residía. El caso es que, no en pocas ocasiones, mi mamá me mandaba a comprar las colas, y entonces, me dirigía a esa taberna. Lo primero que notaba al ingresar era ese olor nauseabundo tan propio de ambientes beodos y vulgares. El olor a tabaco mezclado con trago barato, y ese apestoso tufo tan característico de ambientes deprimentes y depravados, instintivamente generaban dudas, recelos, sospechas, y me incitaban a abandonar lo más pronto posible aquel lugar tan desagradable. Pero algo, en aquel tugurio me intrigaba.

Recuerdo que a la derecha, se encontraban disgregadas un grupo de sillas y mesas bastante maltratadas, casi escondidas en una vergonzosa oscuridad; mientras que al frente una serie de improvisadas repisas adosadas a la pared sostenían botellas de trago de marcas populares, de las solamente consumidas por aquella clase de borracho populachero y generalmente en quiebra económica. Más adelante una vitrina que contenía pan, y junto ésta, jabas repletas con bebidas gaseosas de diferentes marcas. Frente a la vitrina y las jabas, como si hubiese existido una intención manifiesta de colocar el escenario en un sitial preferencial, a la vista de todos, se hallaba una muy elaborada representación del bíblico nacimiento de Jesús, el posteriormente conocido como “Cristo”.

La cantidad de juguetes era considerable, ovejas, cabras, burros y bueyes de plástico; casas, atalayas y establos de madera; mientras pastores, José y María, los reyes magos, y el bebé “Jebús”, mejor elaborados, de un material, muy probablemente yeso, cuidadosamente pintados. Todo el escenario bañado por luces multicolores, unas titilando, otras contantemente encendidas. Aquella representación me abstraía momentáneamente de aquel deprimente ambiente. Pero había algo más, sobre las estanterías que sostenían las botellas de aguardiente y ron, en la parte superior, rozando el techo se encontraba un crucifijo de tamaño moderado del que colgaba el llamado “hijo del hombre”; corona de espinas, clavos en pies y manos, mutilado, ensangrentado, en sufrimiento perenne, aquella figura contemplaba el drama patético, multicolor y contradictorio que se desarrollaba en aquella infecta  cantina. Ahí estaba el muñequito en forma de bebé que supuestamente significaba la esperanza, la libertad, el amor; pero, más arriba, en un casi altar se hallaba el ícono del carpintero que se atrevió a decir “amad a vuestro prójimo”, ahí estaba, la esperanza destrozada, despedazada, masacrada. En vivo y en directo, aunque en maquetas y miniaturas, aquella tragedia compleja y contradictoria, que a mis escasos seis o siete años no atendía a comprender, manifestándose en aquel insignificante y funesto muladar donde ocasionalmente solía comprar las “güitigs”, las “fantas” y las “orangines”.

Obviamente, en aquel “Belén”,  los animales abundaban, terneros, borregos, patos, perros, y naturalmente no podían faltar los bueyes y burros. Hoy, mientras escribo estas líneas me pregunto, si era acaso, aquella caracterización lo que me motivaba a visitar semejante antro, es decir, podía comprar en otras tiendas, de hecho a unos metros de donde habitaba, se encontraba la tienda de Don Alvarado, pero, en Navidad, prefería visitar aquel melancólico e infeliz lugar. Hoy, que tiempos tan surrealistas y tan lejanos, parecen, solo parecen.

Pero, dejemos atrás el pasado; como decía, el burro y el buey, siempre han estado presentes en los tradicionales “nacimientos”. Supongo que siendo los bueyes y los burros animales extremadamente comunes en toda granja o pueblo campero, los antiguos religiosos y seglares católicos los consideraron parte indefectible en cualquier caracterización de la Natividad, más todavía considerando los tiempos de la Judea o Palestina dominada por el Imperio Romano. Sin embargo, meses atrás, sorpresivamente el Papa católico, Joseph Ratzinger, comunicó al mundo y específicamente a la feligresía católica apostólica y romana, que los burros y los bueyes no estuvieron presentes durante el alumbramiento del hijo de María y José. Pero, ¿qué evidencias presentó el polémico Ratzinger para argumentar dicha afirmación? Pues, supongo que la fe, exclusivamente la fe. La base de toda religión. Sí la fe, la creencia absoluta que todos los católicos le deben al representante máximo de la Iglesia Católica.

Pero, divaguemos un momento heréticamente y analicemos. ¿Qué evidencias existen de la existencia de Jesús? El único libro que habla de Jesús, el judío, hijo de María y José, es la Biblia. Pero, es la Biblia un documento confiable. Desde el punto de vista de las religiones cristianas, ciertamente que sí. Pero desde el punto de vista histórico, por lo menos de la Historia respetable basada en hechos verdaderos y por lo mismo comprobables, las cosas no aparecen tan claras.

Pero, dejemos de lado el buen juicio, la sensatez, además de la ciencia, y confiemos ciegamente que en efecto Jesús nació en un pesebre del pueblo de Belén. La Biblia narra que en aquellos días los romanos decidieron hacer un censo para lo cual obligaron a los habitantes de aquellas tierras a regresar a sus lugares de origen. José, el padre de Jesús, que en aquel momento se hallaba en Nazaret, como cabeza de su familia tuvo que viajar a Belén de donde era natal su familia, llevando consigo a su esposa que se encontraba embarazada. Es obvio que una mujer embarazada de ocho o nueve meses no puede caminar horas y horas por el cruento desierto o por caminos pedregosos, de manera que la posibilidad de que María haya usado un animal para movilizarse desde Nazaret hasta Belén resulta extremadamente alta, si no es que, absolutamente real. Ahora bien, es posible que aquel animal haya sido un caballo, un camello, e incluso, un burro. El mismo burro que pudo haber sido testigo inocente y silencioso del nacimiento del futuro carpintero.

Vamos con el buey. ¿Qué es un pesebre?; se define como establo, cuadra, pocilga, comedero, cubil, caballeriza, es decir, un lugar donde generalmente se recogen, guardan y alimentan los animales de granja. Es por demás sabido que el obediente pero forzudo buey es un animal ícono en toda estancia, quinta, hacienda, o finca, más todavía si se considera que incluso en la actualidad se usan bueyes para arar la tierra; por lo mismo es obvio que en los tiempos antiguos la presencia de bueyes en los pesebres de los pueblos no solo eran posibles, sino, obligatorios.

Entonces, si la presencia de burros y bueyes, en pesebres, corrales, o cubiles, es por demás natural, e históricamente más que posible, entonces, ¿por qué a Ratzinger se le ocurre sentenciar que durante el nacimiento de Jesús no estuvo presente ninguno de aquellos nobles animales?

Pero, si Ratzinger dice que, tal y tal, no estuvieron, entonces debería decir quienes sí estuvieron presentes. ¿Qué me dicen de los graciosos patitos? Y que tal Doña Gallina y Don Gallo, ¿será que no fueron invitados? ¡Ah!, y no nos olvidemos de la yegua y el garañón, ¿no estuvieron?, quizá no, porque justo en ese momento estaban correteando alegremente por los oscuros caminos de la antigua Judea.

Pero y que tal si, el buey y burro, no estaban propiamente en el interior del pesebre, pero sí, en el exterior, pues los habían sacado para crear espacio. ¿Acaso Ratzinger no hace gala de un absolutismo riguroso al negar su presencia simplemente porque unas cuantas paredes, si no, tablas o cañas, los separaban del venturoso evento?, en cuyo caso, ¿no debe culparse, de sus ausencias, a quienes tomaron la decisión de sacarlos del pesebre? ¡Ah qué dilema, qué dilema!
 
Increíble, pero cierto; siglo XXI, por si acaso.

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