lunes, 13 de agosto de 2012

Los odios y amores hacia Rafael Correa.


Me atrevo a afirmar sin pretender comparar momentos, historias y personajes, que, a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, épocas de la estúpida y sangrienta Guerra Civil Ecuatoriana que enfrentó a conservadores y anti-conservadores, estos últimos más  conocidos como “alfaristas”, se produjo en gran parte de la bisoña y primitiva sociedad ecuatoriana una dualidad social muy parecida al fenómeno político que actualmente sufre el Ecuador. En aquellas eras de antaño, Eloy Alfaro Delgado, se constituyó en el punto de quiebre de un momento político; en la figura que de una manera u otra implicaba cambio, y que por lo mismo amenazaba el estólido y brutal orden conservador imperante. Alfaro, se convirtió en el personaje principal al que las circunstancias, obligaban, ora a oponerse, en el caso del conservadurismo fáctico y el poder clerical católico, ora a unirse, en quienes estaban hartos de los abusos del sistema absolutista impuesto por aquellos señorones, que se consideraban dueños del País, al que dirigían como si fuera una gran hacienda. De ahí que, gran parte de la sociedad ecuatoriana de la época haya terminado dividiéndose en alfaristas (anti-conservadores), y anti-alfaristas (conservadores). Pues bien, aquel mismo fenómeno se ha vuelto a repetir en el Ecuador de principios del siglo XXI. En este caso el personaje del momento es Rafael Correa, pero cuidado, con esto no pretendo emular a un personaje como Correa a los niveles de Eloy Alfaro y viceversa. Ciertamente las realidades son diferentes, los personajes no son los mismos, y las circunstancias han variado en algunos aspectos, pero, el dualismo social, se ha vuelto a repetir en las formas de un engañoso maniqueísmo practicado tanto por el locuaz Correa y sus sátrapas serviles, como por sus odiosos y fundamentalistas enemigos. Es así que, para Correa, sus aduladores incondicionales, los correístas, la neo partidocracia, o el curuchupismo del new age, todo lo que haga el Gobierno del  Socialismo Bolivariano está más que bien, además de absolutamente justificado, y todos aquellos que se opongan a Correa y sus decisiones están mal y son: ora seguidores de la infame anquilosada partidocracia, ora señoritos pelucones inmorales,  ora ignorantes que no entienden las buenas intenciones de su majestad, el primer burócrata público, Don Rafael Correa. Ese mismo maniqueísmo inmoral se observa al otro lado del circo politicastro, en aquellos que odian furibundamente a Correa, es decir, los anti-correanos, la gran mayoría vinculados con el Conservadurismo social y político tradicional, aunque manifestado de maneras variopintas y disfraces estrafalarios, con los cuales pretenden ocultar lo que sus obras y conductas denuncian, es decir, sus irrenunciables vínculos con el conservadurismo; ahí están por ejemplo, partidos políticos como el socialcristianismo y la democracia cristiana, herederos del Conservadurismo de García Moreno o Velasco Ibarra, entre otros. Pues bien, para los conservadores declarados enemigos de Correa y su incomprensible Socialismo del siglo XXI todo lo que haga Correa está muy mal, y todos los medios que se usen para demonizar al majestuoso y escandaloso burócrata, por torpes y repudiables que sean, están más que justificados.

Dos bandos perfectamente definidos, por un lado los correístas que, en mi opinión, representan un conservadurismo moderado inherente a la Teología de la Liberación, y los anti-correístas, es decir conservadores tradicionalistas; ambos luchando desvergonzadamente por sostenerse en el poder, los unos, y recuperar ese mismo poder, los otros.

Algunos meses atrás recibí la llamada de un amigo. El motivo, necesitaba mi opinión acerca de cómo marchaba la economía del País en el Gobierno de Rafael Correa. Cómo así, le pregunté;  respondiéndome, que a su hija le habían mandado como tarea escolar, entrevistar a cuatro o cinco personas acerca de ese tema. Pregunta no más, le dije. “No”, me respondió, “dame tu opinión”. Llámame en media hora, hasta asociar ideas, le respondí. “No, dime ahora”, me insistió. Entonces comencé a desarrollar una serie de ideas acerca de la posición contraria que Correa tiene de la dolarización, la subida de los precios del petróleo, la deuda externa, la inflación, el incremento desmesurado de la burocracia y el gasto público; pero, de repente, fui interrumpido por el atrevido entrevistador. “¡Pero, estás a favor de Correa!”, vociferó a través del auricular. Me quedé sorprendido, por el exabrupto; pero, tomando el asunto con tranquilidad, le dije: no entiendo por  qué dices eso. “¡Pero, no ves esto y esto otro, y además eso……..!”, vociferaba. Entonces entendí todo, el muy pelmazo tenía una idea prejuiciada sobre aquel asunto y buscaba alguien que justifique sus ideas acomplejadas. No buscaba una opinión objetiva sobre el manejo económico del Gobierno de Correa, sino alguien que censure enfermizamente al Gobierno y demonice al líder de los socialistas curuchupas.

Otro día, me encontré con otro amigo y empezamos a conversar sobre Política y obviamente se filtró el tema del Gobierno de Alianza País. Conocedor de sus afectos extremadamente generosos y zalameros por el curuchupismo del new age, le pregunté qué opinaba sobre el servilismo tan descarado del que hacían gala los ilotas del socialismo del siglo XXI; le cuestioné cómo podía defender a un gobierno que se había apoderado de todas las funciones del Estado sobre todo las de Control, para dar impunidad a los actos de corrupción de los sátrapas gobiernistas. Entonces, cínicamente me respondió: “y a vos que te ha hecho Correa”. Un poco y más me dice: por qué ejerces la libertad de expresión, por qué te solidarizas con la gente honrada y valiente, por qué repudias lo reprensible y por qué censuras lo odioso. Me quedé absorto por un instante, pero enseguida me di cuenta de todo: condición humana; torpe e insensata condición humana, aderezada con una gran dosis de idiosincrasia ecuatoriana, pero, de la desvergonzada.

Dicen que entre el amor y el odio existe, una muy ligera línea que los separa. Yo no estoy de acuerdo; claro partiendo de la idea que el amor representa algo bueno y hermoso. No es posible que un sentimiento tan noble pueda fácilmente confundirse con una obsesión tan ignominiosa y despreciable como el odio. Salvo que no sea amor, sino interés concupiscente, en cuyo caso, es lógico que al satisfacer tal vicio se produzca el asqueroso y amoral servilismo; tan lógico como que, al no poder saciar dicha viciosa obsesión, ésta, termine convirtiéndose en odiosa pasión.
     
 El clima de violencia verbal que se impone en el colector de la infame política entre correístas y anti-correístas es ciertamente reprensible, pero demuestra la realidad de una opinión pública monopolizada por personajes carentes de escrúpulos y amantes de las bajas pasiones.

Poco ha cambiado el Ecuador de principios del siglo XX con el Ecuador de inicios del siglo XXI. El Conservadurismo sigue tan vigente como entonces aunque se presenta con otros nombres, caretas y disfraces como socialcristianismo o democracia cristiana, con los cuales sus seguidores pretenden escapar del juicio histórico. Los detractores del decrépito conservadurismo, antes denominados “alfaristas”; hoy se hacen llamar, correístas, o socialistas bolivarianos, aunque por sus orígenes sabemos que son conservadores renegados o curuchupas del new age. Como mencionaba si bien existe una enorme diferencia entre el fenómeno Alfarista y el experimento Correa; el efecto “maniqueísmo” se ha vuelto a repetir. Igualmente se repite el caudillismo y el servilismo: patrones y criados; amos y esbirros, unos peores que otros. Al respecto, le mencionaba a alguien que, en ocasiones los viles y canallescos capataces son peores que los amanerados gamonales. Ciertamente reciben las infames órdenes de sus brutales patrones, pero, la celeridad, salvajismo y sordidez con que las cumplen los convierten en verdaderas arpías sanguinarias carentes de cualquier forma de humanidad decente.

Quiera el buen hado que en un futuro no lejano el Ecuador dejé de ser hacienda de jorgas ambiciosas y mafias mezquinas; de caciques tiránicos, patrones fascistas, sátrapas amorales y serviles descarados, y se convierta en un País de hombres libres, honrados y sensatos.                


    

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